Tao Crístico

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¿Qué empuja a un hombre a realizar un trabajo como este? Imagino que detrás de cada tentativa existe una buena intención, un deseo positivo de abrir a muchos más, en este tiempo, este conocimiento que nos dejara como único legado el solitario Sabio Chino, Lao Tsé.

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Descripción

Quiero pensar que las tergiversaciones y las desinformaciones que brillan en muchas traducciones recientes y versiones interpretativas modernas son parte de esa buena intención.
Chuang Tsé el primer discípulo de Lao Tsé, ni siquiera se asoma al terreno de la explicación sobre la mono-producción de su Guía: sí se introduce en el espíritu del Tao y desde esas alturas usa su letra mordaz y osada, acompañada de su propia, vivencia que ha quedado en el tiempo como la compañía inseparable del Tao Te King.
Wan Pi, un joven y talentoso sabio, que murió a los 24 años, el año 249 d.C., es quien inicia la larga lista de estudiosos, filósofos y religiosos que han dedicado sus energías a la compenetración con los misterios del Tao. Los emperadores tenían como cosa “cosa santa” leer y hablar del Tao y no pocos hicieron compilar trabajos que posteriormente llevaron el nombre del gobernante, como bajo la última dinastía Manchú.
Algunos quitaron versos por considerarlos “poco convenientes” y algunos más descarados agregaron párrafos propios, haciéndolos pasar por palabras del Sabio.
Si otros occidentales realizaron una investigación tan asidua y vivencial antes de Richard Wilhelm, no hay constancia, aunque¬ mucho se especula que los Jesuitas habrían realizado importantes labores investigativas tanto del Tao Te King como del I Ching, pero que nunca vieron la luz pública. Se conocen versiones en inglés ya en 1850, quizás paralelas a las de James Lagge sobre el I Ching, pero de una dudosa rigurosidad y repletas de prejuicios colonialistas. Richard Wilhelm, alemán, sinólogo, misionero adventista, se bota, literalmente, en los escritos oficiales que contenían los 81 versos del “Libro del Tao y la Virtud” (Tao Te King). Corría 1909 y el hombre alemán abarca su trabajo con seriedad de estudioso y científico; quizás si Wilhelm hubiese traducido el Tao Te King después de su vital labor con el I Ching (el Libro de los cambios), cuya culminación se constata en 1920, habría sido menos respetuoso del oficialismo que ya entregaba algunas tergiversaciones Y también, muy probablemente, menos ortodoxo y literal en su traducción. Con todo, el trabajo del misionero protestante sigue siendo uno de los más ricos en datos y uno de los más serios en occidente. &&&Desde siempre, en China, las palabras del Sabio han sido fuente de inspiración, de encuentro espiritual y trascendental. Desde Lie Tsé (Lie YÜ Kou) y Chuang Tsé (Chuang Chou), los primeros, hasta entrado en este siglo que ya expira, pasando por filósofos y místicos ascetas que entraron en el Tao en las misteriosas montañas de Lao Shan (Isla de los Santos), no se supo nunca de un occidental que entrara en el Tao mediante lo propuesto por Lao Tsé. Se expande hacia Japón, hacia Carea, y llega en forma contundente y prolija solamente con el sinólogo Wilhelm, aunque el mismo traductor alemán se rehace comparativamente a otros autores contemporáneos: S. Julien, Carus y Víctor Von Strauss. Sin embargo, la diferencia reside en la vivencia directa y profunda que el misionero adventista experimentara en China, sobre todo cuando se introduce en el I Ching. Tal fue su inserción, al punto de padecer un conflicto de identidad entre el Sabio Chino que se despertó en él y el severo hombre alemán, que es como él se conocía. Desde entonces, podríamos distinguir dos tipos de caracteres en las traducciones e interpretaciones del Tao Te King: el del racionalista que estudia el fenómeno según cristales académicos o filosóficos; el del buscador espiritual occidental que mira a Oriente cuando la verdad trascendental se ha extraviado entre tanto dogma y doctrinas. El primero no logra apreciar más de lo que aferra con su propio intelecto, de acuerdo a límites culturales o conocimientos comparativos, sean filosóficos como religiosos. El segundo intentará poner en movimiento, mediante la práctica, aquello que entendió parcialmente con la mente. El primero no llegará nunca a la mente natural del Tao, esto quiere decir que nunca comprenderá a Lao Tsé ni lo que escribiera el Maestro. El segundo descubrirá que lo que aferró con el análisis se potencia y se hace vivo mediante la práctica espiritual del Tao.
Esto explica por qué la mayoría de las versiones son extrañas a las enseñanzas del mismo Tao Te King y cuán ignorantes suelen ser en verdad aquellos que mencionan al Tao como un producto de moda y han inventado la terminología del “Taoísmo útil” : tao de la bicicleta, tao de los alimentos, tao de aquello y tao de lo otro.
El que practica el Tao… NUNCA hablará del Tao… Mucho menos como lo hacen los presumidos e irrespetuosos.
Algunos han ido un poco más lejos: como negar la existencia de Lao Tsé y colocarlo como personaje mítico, inexistente físicamente en tiempo alguno; agregando que los escritos son un cúmulo de versos recogidos de distintas épocas y pensadores. Los mismos añaden muy circunspectos que la obra misma corresponde a la vena “filosófica idealista” de los “pensadores chinos” y como joya colocan la aseveración que reza: “el Tao es ilusión, es la negación de la materia.” ¿Qué nos empuja a nosotros a realizar este modesto trabajo?
Nuestro Amor al Maestro Lao Tsé, cuyo nombre puede ser traducido como “el Gran Viejo” o “el Niño Viejo.” Amor nacido en las prácticas de meditación, en la soledad de las colinas del Valle de Putaendo. El vivenciar a Dios sin dogma alguno, en su cosmogonía más pura, en el génesis más claro y clarificador, eso que el Sabio llamó Tao, porque no supo qué nombre ponerle, es el motivo íntimo, más arraigado. Es una forma de decir: ¡existe! Es un modo de exclamar: ¡Aquí está el Reino! Tomamos entonces las referencias de Lin Yu- Tan, de Richard Wilhelm y con esta base escrita entramos en la ardua práctica de palpar la verdad del Tao. Cuatro años de permanente atención, de actitud observante, de opciones y desapegos -no sin luchas, contradicciones y límites- al cabo de los cuales podemos decir que es cierto lo que está escrito, incluso aquello de que Lao Tsé está vivo y es perceptible en su guía.
La inquietud fue madurando pacíficamente en el interior: desde esos días de retiro a los pies del Monte Santa Inés, frente a Pichidangui, cuando el Maestro fue particularmente activo y la esencia celestial fue discernida como Tres manifestaciones Unitarias, cuyo Tao creador de la materia y lo invisible es aquello que los antiguos griegos concebían como el “El Logos” (la primera manifestación de vida, la matriz de la creación), el Verbo, el Cristo. Desde entonces la relectura de la clave Crística fue necesaria y urgente, fuera de toda reticencia y prejuicio religioso o cultural. Pero habría sido una incongruencia si a esta aclaración nos hubiésemos introducido por otra vía distinta, fuera de la meditación, el discernimiento y la oración en retiro y soledad. Nada ha sido ni es solamente intelectual.
En la sana intención de propagar a otros lo que fue una verdadera iluminación para mi existencia, se organizaron algunas “iniciaciones” que alcanzaron más o menos a las 100 personas entre Santiago y Concepción. Sin embargo, la experiencia manifestó con frialdad que algunos de los que dicen buscar la verdad espiritual, definitivamente no quieren eso, sino que un aliciente para encubrir las pasiones no resueltas y sus indecisiones repletas de apegos y frustraciones. Otras personas escapan de las religiones tradicionales, no quieren seguir guías de ningún tipo y cuando tienen ante si mismas el sendero de la propia opción espiritual, dependiente solamente de la disciplina personal y de la Fe en la existencia de la divinidad… se desvanecen. Es mucha la renuncia, eso de desapegarse de los deseos; es exageración conceder el timón de la vida a algo “invisible y misterioso”. Aquellas personas, en cambio, que han roto con el obstáculo de la impaciencia, de las falsas dependencias y con rigor han mantenido su autodisciplina y la perseverancia, han logrado ascender paulatinamente hasta llegar a reales umbrales de verdad divina.
Esta experiencia tuvo un efecto vitalizante: lo Crístico se hizo tangible con cada enseñanza de Jesús; la vivencia del Maestro Lao Tsé ya no es anecdótica, sino que real. JesúsCristo y Lao Tsé parecen unirse bajo la luz de lo Tao-Crístico.
Lao Tsé vino entonces en un sueño vivencial y avisó que bajaría la enseñanza al corazón”. Cuando pasaron los meses y ese mensaje onírico ya casi no era recordado, surge en mi interior una gran necesidad de retirarme y comprender la voluntad de Dios para estos tiempos. Así, sin mucha claridad sobre el quehacer, acepto una invitación de Flor Zúñiga para estar unos días en su casita de Bahía Inglesa, cerca de Caldera, al norte. Llevé conmigo la versión italiana del Tao Te King de Luciano Magrini, elaborada por Paolo Siao Siao-yi; la traducción de Richard Wilhelm, mi libro de I Ching, una versión’ del nuevo Testamento, que me regalara mi hermana Lola Poveda…
Trabajé muchas horas, medité intensamente, dormí poco y soñé profusamente. Al cabo de 10 días había sobre la mesa 64 aforismos traducidos y comentados, divididos en cuatro partes. El orden, la selección, las palabras, la vivencia toda es mía no lo es. ¿Cómo calificar las vivencias místicas? Un psiquiatra ortodoxo diría que es un tipo de locura. Lo cierto es que al sentarme a leer el producto del trabajo me recordé del sueño, del aviso y fui a revisar atentamente el cuaderno donde redacto mis vivencias. Así, Lao Tsé había cumplido con su promesa: En esta labor no hubo intelecto, no hubo elaboración estudiada: fue una catarsis, una energía inteligente y sabia que me hizo vivir lo que escribía.
Las citas de los evangelios aparecieron sin buscarlas, cada una estaba a la mano: abriendo al azar el sagrado libro; a veces el I Ching me llamaba, lo abría y escribía lo que aparecía como apoyo y aporte a la idea en desarrollo. Nunca hube premeditación alguna, orden mental, estructura literaria. Cuando me agotaba: dormía. Soñaba: veía a mi Maestro luchando contra entes demoníacos, los que querían tomarme para evitar que siguiera escribiendo; el universo de los símbolos que he recibido estaba agitado, activo, presente, rodeándome como guardianes armados. Lao Tsé danzaba suave y armoniosamente y su perfume, que ya bien conozco, invadía mi Ser. Cristo vino potente y sobrecogedor como aquella vez en la montaña de Putaendo: el Orden Superior de la existencia y la No-Existencia iba pasando o despertándose en mi Espíritu.
¿De qué otra manera podríamos comprender y entender el Tao que enuncia Lao Tsé?, y ¿De qué otra forma podemos acceder a los misterios del Cristo?
La fe, la entrega, la opción y la disposición absoluta… conducen a Dios y en su camino podremos acercarnos al Tao Crístico que aquí hemos vivenciado.

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