ARA, 64 reflexiones ante el altar de Cristo

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En 1988, en Basilea, Suiza, tuve la ocasión de compenetrarme con la disciplina sobre los estudios de las religiones, conocida como “religiones comparadas”. Este aprendizaje, unido a mis experiencias en el budismo y el taoísmo, me abrieron un ventanal hacia la universalidad y la grandeza de Dios.

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Descripción

Con la compenetración en el portento de Cristo, la frontera ha roto sus hilos en forma definitiva; quizás por esta experiencia me ha sido muy difícil aceptar que sea realmente honesto aquel quien conozca esta unidad magistral y continúe a empequeñecer y ocultar la unidad en el Plan de Dios. Si existe un “Plan”, existe una mente planificadora y este Plan divino no discrimina a pueblos, razas o estamentos sociales o culturales; por lo tanto, siendo un Plan objetivo, todo aquel que esté en Dios puede conocerlo y discernirlo.
Los hechos espirituales que me sacudieron entre los hermanos budistas de “Nicheren Sosshu” y mi búsqueda de obediencia que ha durado once años, me condujeron en 1995, a compenetrarme en el estudio y discernimiento cabal de la Biblia. En 1996 lo hice en forma particular con los Evangelios y el Nuevo Testamento.
Inicié la escritura de estas reflexiones en la primavera de 1996, como efecto sobre todo de unos sueños que me condujeron al hecho de Esteban y al discernimiento del hecho de los panes (repartición a 5 mil y a 4 mil -Mt. 14, 13/23- ). El comienzo fue desordenado y me costó comprender la razón de tanta inquietud y la causa de los sueños que me dejaban en estados muy particulares.
Un domingo, orando ante mi altar personal, comencé a cantar: “ara, ara, Cristo Es… namesté, namesté… ara, ara Cristo Es”. Un canto nacido del Espíritu que me llenó de gozo y de paz. Tuve la necesidad de tomar el Nuevo Testamento y en una hora tenía anotado en una hoja 64 párrafos con sus versículos y la página correspondiente. Entonces me senté a la máquina de escribir y di inicio a estas 64 reflexiones ante el altar de Cristo, el ARA
En Noviembre interrumpí el trabajo y me retire a Bahía Inglesa donde culminé el libro sobre el Tao Te King, el “Tao Crístico” y en ese mismo lugar y tiempo nació el escrito “El Cristo del Loto” y se ordenó “111 escalones hacia el Cielo”. Las situaciones temporales en Concepción no permitieron continuar este trabajo. Lo retorné en Enero de 1997 avanzando más rápido de lo que creí; hasta que supe, por sueños, que mi familia se vería remecida y reunida, después de 28 años, debido a la muerte de mi joven cuñada, esposa de mi hermano. En efecto, ella se agrava en ese tiempo y justo el día que yo culmino estas reflexiones, en Febrero de 1997, recibo de mi madre la noticia de su muerte. También supe que debía moverme de Concepción y dirigirme a Santiago para algunos hechos que allí estaban preparándose.
Sobre todo estos últimos siete años de camino intenso he aprendido a ser obediente a las inducciones del Espíritu y a los oráculos de Dios. Sin embargo, no tenía ni ganas ni forma concreta de trasladarme a la capital, pero todo se dio… Nunca había tenido tanto trabajo en un mes de verano y esta vez lo tuve, por ende no hubo dificultad de dinero; pedí no vivir en Santiago mismo, sino que en las afueras; ojalá en una casa o en departamento con un gran patio para tener un perro. El día que asistí al entierro de mi cuñada, una amiga y alumna me comunica que había encontrado la casa idónea… todo fue tal cual lo pedí. En mi nueva casa, a 53 kilómetros de Santiago, cerré estos escritos. Escribí la última reflexión justamente como acto simbólico al hacer la última caja para mi traslado a Santiago.
Muchos hechos se han sucedido desde los primeros días de Marzo a la fecha que escribo esta presentación, finales del mes de Mayo. En dos meses y medio, Dios ha sellado mis años de búsqueda y preparación y en pocos días ha sucedido que mucho de lo escrito aquí se ha verificado ante mis ojos y casi todas mis inquietudes han hallado respuestas.
Si tuviera que corregir lo que ha nacido al final de estos años -en estos días- seguramente tendría que cambiar muchas cosas, precisar algunas otras y convertir preguntas en respuestas. Sin embargo, la honestidad insta a no trastocar la esencia de estas reflexiones y tal cual han nacido deben ser mantenidas, a modo de testimonio de este tiempo vivido en el Espíritu y sus senderos.
Con las claridades y los hechos de estos últimos días, varios párrafos aparecen como proféticos de lo que vendría más tarde; otros son absolutamente corroborados por los hechos y algunos pasajes quizás escapen de cierta justeza y precisión. Pero aquí no se pretende alzar una nueva verdad; ni este ni los otros trabajos quieren levantar doctrinas en contra de otras doctrinas. Es más simple que todo aquello: es testimonio, es “diario espiritual” de uno que, en esta época, ha buscado y ha sido inducido por un Ser misterioso, un ángel, llamado Jesshu Li, hasta llegar al punto de estas reflexiones que aquí entrego con toda buena intención. No es, bajo ningún aspecto, una elaboración de formas eruditas ni tiene una rigurosidad intelectual de estudioso: es palabra nacida de la experiencia espiritual, de la inducción espiritual y de un estado espiritual. Por lo mismo, son palabras que deben ser discernidas con criterio espiritual bajo oración y reflexión quieta y serena.

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